
José de la Riva-Agüero y Osma (1885–1944) personaje singular en la historia intelectual del Perú y, por extensión, en la historia de las ideas hispanoamericanas. Historiador, ensayista, crítico literario, abogado y político, fue uno de los grandes representantes de la generación peruana del Novecientos. Su figura resulta particularmente interesante porque en ella se cruzan la aristocracia tradicional limeña, la investigación histórica, la pasión por su patria, la defensa de la tradición católica y una progresiva reivindicación de la herencia hispánica.
Nació en Lima el 26 de febrero de 1885, en el seno de una familia de antigua raigambre virreinal. Fue hijo de José Carlos de la Riva-Agüero y Riglos y de María de los Dolores de Osma y Sancho-Dávila. Por línea paterna descendía del mariscal José de la Riva-Agüero y Sánchez-Boquete (1783–1858), primer presidente de la República del Perú. Por la línea materna estaba vinculado a la familia Osma. De aquella procedencia recibió no sólo una considerable fortuna, sino también una fuerte conciencia de pertenecer a una tradición histórica y de tener, por ello, responsabilidades respecto del destino de su país.
Su formación fue extraordinaria. Estudió en el colegio de los Sagrados Corazones de la Recoleta y posteriormente en la Universidad de San Marcos, donde cursó Filosofía y Letras y Derecho. A una edad sorprendentemente temprana comenzó a publicar trabajos de gran erudición. En 1905, con apenas veinte años, presentó su tesis Carácter de la literatura del Perú independiente, obra que llamó incluso la atención de Miguel de Unamuno. Cinco años después publicó La historia en el Perú, investigación que se convertiría en uno de los fundamentos de la historiografía peruana moderna.
Pero Riva-Agüero no fue un intelectual recluido en una biblioteca. Desde muy joven participó activamente en la vida política. Su oposición a Augusto B. Leguía tuvo una consecuencia particularmente significativa: en 1911 fue encarcelado por su oposición al gobierno. El propio catálogo del Instituto Riva-Agüero conserva un discurso suyo de septiembre de aquel año, pronunciado con motivo de su salida de la cárcel, en el que agradecía a la opinión pública el apoyo recibido.
En 1915 fundó el Partido Nacional Democrático, conocido como partido «futurista», intentando ofrecer una alternativa a los partidos tradicionales y renovar la vida política peruana. Sin embargo, el golpe de Estado de Leguía, el 4 de julio de 1919, cambió decisivamente su trayectoria. Riva-Agüero se opuso al nuevo régimen y marchó a Europa, donde permaneció hasta 1930. No fue, por tanto, un simple viaje intelectual: fue un exilio político producido por su enfrentamiento con el régimen leguiísta.
El joven Riva-Agüero que había iniciado su carrera bajo posiciones liberales y racionalistas experimentó una profunda transformación intelectual y religiosa. España e Italia fueron para él espacios de estudio, reflexión y confrontación con la tradición histórica europea. A su regreso al Perú era un hombre distinto: católico convencido, tradicionalista, nacionalista e hispanista. Su evolución no puede comprenderse, por tanto, como una simple adhesión hereditaria al conservadurismo. Hubo en su trayectoria una auténtica transformación intelectual, marcada por la crisis religiosa, la experiencia política peruana y los años de exilio.
Su retorno coincidió con la caída de Leguía en 1930. Volvió inmediatamente a la vida pública y fue alcalde de Lima entre 1931 y 1932. Más tarde, durante el gobierno de Óscar R. Benavides, ocupó la presidencia del Consejo de Ministros y las carteras de Justicia, Instrucción y Culto. Su permanencia en el gobierno tuvo, sin embargo, un límite que resulta revelador de la transformación experimentada durante sus años europeos: se negó a respaldar la legislación sobre divorcio absoluto porque la consideraba incompatible con sus convicciones católicas, y terminó alejándose del gobierno.
Su vida intelectual fue tan importante como su actividad política. Riva-Agüero fue, ante todo, un historiador. Carácter de la literatura del Perú independiente abrió su trayectoria; La historia en el Perú constituyó una investigación fundamental sobre los historiadores y cronistas que habían escrito acerca del Perú; y Paisajes peruanos, fruto de su viaje por la sierra sur en 1912, combinó la observación directa del territorio con la interpretación histórica. A estas obras se suman sus numerosos estudios sobre la literatura peruana, la época prehispánica, la conquista, el período virreinal y la República. Las posteriores Obras completas, editadas por el Instituto Riva-Agüero, permiten apreciar la amplitud de una producción que comprendió además discursos, conferencias, artículos, cartas, estudios genealógicos y trabajos de crítica literaria.
Entre todos esos trabajos ocupa un lugar especial su relación intelectual con el Inca Garcilaso de la Vega (1539–1616). El interés de Riva-Agüero por Garcilaso comenzó muy temprano. En 1905 publicó el Examen de la primera parte de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, investigación destinada a reivindicar el valor histórico del cronista cuzqueño. El estudio surgía en un contexto en el que Garcilaso había sido acusado de idealizar el mundo incaico, de ser poco fiable e incluso de apropiarse de materiales ajenos. Riva-Agüero respondió a esas críticas mediante un examen minucioso de las fuentes y de la obra del Inca.
La importancia de Garcilaso para Riva-Agüero no era meramente literaria. En él encontraba una figura capaz de expresar la complejidad histórica del Perú: un hombre situado entre dos tradiciones, heredero del mundo incaico por su ascendencia materna y de la tradición española por su ascendencia paterna y por su formación cultural. De ahí que Garcilaso adquiriera en la obra de Riva-Agüero una significación mucho más profunda que la de un simple cronista.
Esta concepción alcanzaría una de sus expresiones más acabadas en el Elogio del Inca Garcilaso de la Vega, pronunciado con motivo del tercer centenario de la muerte del Inca. Allí Riva-Agüero convierte a Garcilaso en una figura representativa de la formación histórica peruana. No se trata de escoger entre lo indígena y lo español, sino de comprender cómo ambos elementos forman parte de una misma realidad histórica. Los estudios posteriores sobre Riva-Agüero han destacado precisamente esta idea de la doble raíz de la identidad peruana: lo incaico y lo español, lo andino y lo europeo.
Este punto resulta esencial. Riva-Agüero no estudia el pasado incaico para oponerlo a España, ni estudia España para negar el pasado americano. Su concepción histórica busca, por el contrario, comprender la formación del Perú como una realidad compleja y acumulativa. El Cuzco, la tradición incaica, la lengua, la cultura española, el catolicismo, la literatura, las instituciones y la experiencia republicana forman, con sus tensiones y contradicciones, una totalidad histórica que no puede ser comprendida mediante la mutilación de ninguno de sus componentes.
Su viaje de 1912 por la sierra peruana es particularmente revelador. Viajó a lomo de mula por el sur del Perú y de aquella experiencia nació Paisajes peruanos. No era un mero recorrido pintoresco: buscaba conocer directamente el territorio y comprender la relación entre paisaje, población, historia y cultura. El Instituto Riva-Agüero considera aquella experiencia decisiva para su concepción del mestizaje cultural peruano.
Riva-Agüero murió en Lima el 25 de octubre de 1944. Su último legado no fue únicamente literario. Dejó sus bienes y su extraordinaria biblioteca a la Universidad Católica, institución a la que quedó vinculada su memoria intelectual mediante la creación del Instituto Riva-Agüero. Su biblioteca personal constituye hoy una parte fundamental de los fondos patrimoniales de dicha institución.
La importancia de José de la Riva-Agüero para la HispanoCatolicidad hispanoamericana reside precisamente en esta concepción integradora de la historia. Su pensamiento ofrece un ejemplo particularmente vigoroso de cómo puede afirmarse la tradición hispánica sin negar las realidades americanas anteriores a la presencia española. El Inca Garcilaso ocupa aquí un lugar simbólico excepcional: en su figura se encuentran el Perú incaico y el Perú hispánico, no como realidades necesariamente excluyentes, sino como elementos que contribuyeron a constituir una nueva realidad histórica.
Por eso Riva-Agüero merece ser leído más allá de las etiquetas políticas con que posteriormente se ha intentado encerrarlo. Fue aristócrata, liberal en su juventud, opositor de Leguía, preso político, exiliado, historiador, católico, tradicionalista y político conservador. Pero por encima de esas sucesivas posiciones hay una constante que atraviesa toda su vida: la voluntad de comprender el Perú desde su historia completa y no desde una amputación ideológica de su pasado. Su defensa de Garcilaso, su reivindicación de la tradición española y su reconocimiento de la importancia del mundo incaico hacen de Riva-Agüero una figura particularmente fértil para una Hispanocatolicidad que pretenda pensar Hispanoamérica desde la continuidad histórica, la tradición cultural y la síntesis de sus diversos componentes, antes que desde las rupturas simplificadoras de la historiografía ideologizada.
