El anuncio del gobierno sobre eliminar el financiamiento de investigación en humanidades está causando una reacción importante entre legos y académicos. Por una parte, varios investigadores y profesores universitarios han deplorado la decisión, por cuanto sienten que ella limitará la producción de conocimiento en áreas tan valiosas como las científicas. Por otra, sectores de la derecha popular cuestionan la calidad de la investigación producida en humanidades y ciencias sociales. Sin entrar en el detalle sobre lo que separa a estos grupos de disciplinas, me siento identificado con ambas posiciones. Como investigador independiente, encuentro algo de razón en las reacciones de los dos grupos. Resulta injusto despreciar la investigación de las humanidades, por cuanto no es intrínsecamente menos valiosa que la de las ciencias naturales, las ciencias sociales, la filosofía, las matemáticas o la teología. Y resulta irracional entregar fondos a investigación que no está motivada en la producción de conocimiento nuevo, sino en la promoción de ideas políticas revolucionarias. El sistema de distribución de fondos estatales, sin embargo, hace exactamente lo opuesto que lo esperado por académicos o por legos: prioriza las ciencias naturales o sociales por encima de las humanidades y financia investigación ideologizada, con los famosos estudios de género sobre todo.

A pesar de lo anterior, también difiero de las posturas susodichas. Los académicos han cedido espacio a los estudios ideologizados con tal de recibir fondos, pero quieren dar la impresión de que la reducción afecta solo a la investigación honesta. Por su parte, los legos consideran que cualquier investigación sin aplicación práctica resulta inútil. Y yo me pregunto a quién debería ahorcar primero. Resulta nocivo, pues, destinar fondos a las escrituras maricuir en lugar de estudios literarios serios, así como resulta estúpido no financiar investigación a causa de que no tendrá alguna aplicación práctica: imagínate cuestionar la utilidad del Mito de la Caverna. Así, me siento como en un callejón sin salida, en una aporía, indeciso entre cortar para siempre el financiamiento a la investigación sobre humanidades o destinarle el presupuesto completo de la nación.
Mi experiencia con el sistema no ha sido la mejor, por cierto. Aun cuando me becaron la década pasada para completar la investigación sobre el mito del Juicio de Paris en el arte de la Antigüedad, no me quisieron becar nuevamente y he tenido que batírmelas con el apoyo familiar y el puñado de alumnos particulares que he conseguido. La academia actual, de hecho, manifiesta un desprecio cada vez más explícito hacia los estudios clásicos —el celebrado Daniel Padilla Peralta propone su eliminación desde la cátedra de Historia Romana en Princeton— y, en el ámbito local, han sido reducidos a una curiosidad del área de historia en lugar de la disciplina nuclear de las humanidades que eran antaño. ¿Qué diría el Dr. Justus Lobeck de todo esto? ¿Qué diría la profesora Giuseppina Grammatico? El lego considerará, sin duda, que no necesita de los estudios clásicos para hacer su vida y habrá terminado, así, aliado con el académico al que creía estar combatiendo. ¿No merecen ambos, pues, un castigo ejemplar de los profesores tradicionales? Aun cuando hallo fundamentos para opinar sobre el asunto, me parece que no tengo vela en este entierro, por cuanto el sistema de financiamiento no considera relevante mi campo y desprecia lo que he producido —sin ayuda de él, por supuesto— tanto como quienes no entienden en qué consiste la investigación académica. Tengo una visión clara sobre lo que se debería hacer, pero a estas alturas ya me da lo mismo compartirla, porque sé que a nadie le interesa conocerla: ni a los que toman decisiones, ni a mis colegas investigadores, ni a los incultos que denostan a estos últimos. Sería una pérdida de tiempo dar mi recomendación a quien no solamente no quiere escucharme, sino que busca activamente aniquilar mi campo de estudios. ¿Qué voy a hacer ante esto, pues?
Lo más sensato es que siga trabajando solitariamente sobre mis proyectos sin esperar que unos me ayuden o que otros me entiendan, porque nada de esto va a ocurrir. En diciembre se publicará un artículo que escribí sobre el Aguamanil de Guyuán (este artículo fue rechazado en una pequeña revista chilena y aparecerá en una prestigiosa publicación italiana) y actualmente estoy completando tres manuscritos: uno sobre la naturalidad de las leyes de la naturaleza, otro sobre la comparación mitológica entre el Plan de Zeus y el Programa de Acción de la ONU de 1994 (que ya fue rechazado en una revista), y uno más sobre un método unificado para calcular escalas de notas. ¿Y esto para qué sirve? No lo sé ni me interesa: yo tengo el impulso irrenunciable (cuasi patológico) de hacerlo y necesito completarlo para no caer enfermo. Más allá de esto, no me pidan explicaciones y no pregunten leseras.
En cuanto al financiamiento de la investigación en humanidades, sigan peleando por este botín hasta que se les haya ido el aliento si quieren: yo tengo asuntos más importantes que atender. Les puedo asegurar, con todo, que no van a encontrar a Briseida en el pillaje.
