¿No hubo una traición involucrada en la invasión mahometana de la España visigoda? Durante la invasión actual sí la hay: podemos verla claramente. Pero hay quienes la niegan. No lo hacen en virtud de que ella no exista, sino de que han abrazado un posicionamiento religioso que resulta incompatible con la realidad. La traición proviene desde políticos y periodistas que facilitan y blindan la invasión. Pero el posicionamiento religioso gnóstico modernista liberal tampoco ve una invasión y ni siquiera detecta a los combatientes, sino que cree ver refugiados que huyen de una situación desesperada hacia un lugar tranquilo: él ve inmigrantes desamparados que necesitan ayuda. No ve que los combatientes están saqueando ni ve que están atacando de forma periódica, sistemática e impune a la población local. Y no ve que las víctimas de estos combatientes sí se encuentran en una situación desesperada (a diferencia de los presuntos refugiados) y sí necesitan amparo inmediato y están asistidos por la legítima defensa, de hecho, para repeler la invasión. El gnóstico modernista liberal no reconoce a las víctimas y, aun cuando sea capaz de procesar mentalmente el daño que ellas están recibiendo, no considera necesario detener el daño ni brindar reparaciones: considera que estas son respuestas o acciones opuestas a lo correcto y, por ende, fascistas o racistas o de ultraderecha.

La guerra no se está librando solamente en Ceuta, por ende, sino que se ha desarrollado durante siglos en el interior de la propia España entre quienes sostienen la fe católica y quienes se oponen a ella o la matizan o la cuestionan. Todos estos últimos son una amenaza para los reinos de España y para la hispanidad tanto más seria que la del moro que está llevando a cabo la invasión física del territorio y aterrorizando a la población. Resulta curioso, pero no es tan raro que haya un traidor en la ciudad civilizada, ordenada y bella: ¿no tuvo Góndolin un Maeglin? Lo que llama la atención es la tendencia autodestructiva de los gnósticos modernos: no es meramente suicida, sino que tiende hacia la aniquilación total de la civilización que habitan. Su credo implica que la Cristiandad debe desaparecer por completo: ella y todo lo que haya construido y todo lo que la recuerde. Y esta amenaza debe ser respondida si queremos que la civilización y la humanidad perduren.
Por supuesto, resulta iluso —estúpidamente iluso— esperar que las FF.AA. dejen de obedecer a los políticos para hacerse cargo del problema que enfrenta España y contestar la agresión de los mahometanos contra ella. Aun cuando algunos grupos de vecinos han salido a repeler a los invasores, temo que no será suficiente. Ha surgido una leve presión política desde otros países de la Unión Europea —Italia controlará el ingreso de quienes tengan pasaporte español—, pero dudo de que esto tenga un efecto contundente: no faltará, de hecho, quien diga que esto solamente afectará a los ricos. Una solución instantánea resulta imposible porque la enfermedad que aqueja a España es Occidente y su remedio es la Cristiandad. Occidente es indiferentista, ilustrado, protestantizante, cientificista, racionalista, modernista; la Cristiandad es católica. De modo que, si una fuerza extraordinaria lograse remover físicamente la invasión actual, España se habrá librado de un episodio lamentable (de un síntoma), pero seguirá padeciendo la patología que condujo hacia él. Resultaría incluso irresponsable proponer una salida defensiva en este escenario, porque pondría en riesgo la existencia del núcleo católico que está dispuesto a resistir los ataques contra España y pretende reconstruirla, esto es, volver a hacerla cristiana. La estrategia apropiada, por lo tanto, es expandir la fe, incrementar el número de fieles, acrecentar las familias católicas. No pongamos en riesgo el futuro a causa de lo terribles que aparezcan los síntomas presentes: hace falta padecerlos y resignarse a ellos para alcanzar la cura verdadera y definitiva cuando llegue el momento apropiado.
Ave María Purísima
