
El Mundial finalizó hace ya una semana, además de la merecida victoria de España no faltaron algunas reacciones interesantes en términos políticos.
Hay un gran grupo de personas que genuinamente sostiene que la final del Mundial fue un ritual masónico de traspaso de poder entre el jugador argentino Lionel Messi y el debutante Lamine Yamal, en representación de España. ¿Cuáles son las pruebas de esto? Una foto de hace casi dos décadas —misma edad que muchos han interpretado como un ritual de iniciación— y, sobre todo, la coincidencia del número 19; de manera que, por transitividad simple, la derrota argentina habría sido planeada por completo.
En otro contexto, algunos grupos sedevacantistas, recelosos de la constitución Sacrosanctum Concilium y del Concilio Vaticano II, ven el desuso de los símbolos por parte de la Iglesia como una apostasía del clero y como la llegada del anticristo de la mano del modernismo (aunque ciertamente esto no representa a todos los sedevacantistas). Otros, más aventurados, dicen que los jesuitas y los masones son una misma cosa: una especie de aristocracia negra que se ha mantenido oculta a los ojos del mundo.
Esta diversidad de interpretaciones contiene un error grave del cual los católicos debemos protegernos, pues las dudas de fe son una tentación del enemigo que requiere una gran humildad. Es lo que explicaremos a continuación.
Los símbolos, el cristianismo primitivo y su desuso
Del latín symbolum, derivado a su vez del griego symbolon (“signo” o “contraseña”), un símbolo es un elemento u objeto que contiene “empaquetado” un mensaje de contenido ideológico. Un ejemplo clásico es la cruz latina: conformada por dos líneas cruzadas entre sí, representa un mensaje tan amplio como la religión cristiana, la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, la cruz que todos debemos cargar y la Santa Iglesia que la ha llevado a lo largo de su historia.
Así como el lenguaje es un conjunto de símbolos que en su conjunto comunican un mensaje, existen muchas formas de comunicarse con el otro: un saludo, una mirada o un mero gesto dan a entender algo. Por eso mismo tenemos banderas y escudos, himnos y uniformes. Como es algo inherente al hombre, que es social por esencia (recordemos que nadie nace solo), se entiende que los grupos tengan distintos tipos de símbolos, y es esto último lo que da mayor extensión a nuestra definición.
Un símbolo requiere algo de consenso, y digo “algo” porque pareciera que hay algunos compartidos por muchas culturas, dado lo evidentes que son. Un ejemplo nos lo da el canal Tomismo Simbólico en su respuesta a Dante Urbina, cuando aborda el concepto de “la madre tierra”: no es que los indígenas y paganos crean literalmente en una deidad femenina a la cual le rezan, sino que es una manera de entender un fenómeno como la tierra. El hombre fue creado por Dios a partir del barro, la tierra nos provee los alimentos necesarios y nos da un firmamento por sobre las aguas; ahora bien, que debamos hacer una liturgia a partir de esto es algo distinto.


(Algunos de los ejemplos de símbolos)
La Iglesia católica, desde sus inicios, contenía una gran cantidad de semiótica. En la época de las persecuciones romanas, los cristianos se comunicaban mediante símbolos como el pez o el crismón (Chi-Rho), algunos acrónimos y hasta letras como la tau. Es una tradición que se enriqueció con la legalización del cristianismo y el Edicto de Tesalónica, lo que nos llevó a expresiones más complejas en la liturgia y a las grandes catedrales que empezaban a construirse, además de pequeños gestos como el levantamiento de la casulla, representativo del liviano yugo de nuestro Señor. Pero, aunque estos nunca se dejaron de usar formalmente, con el tiempo se les fue perdiendo el uso: el Vaticano II representó una simplificación de la liturgia que llevó a que muchos sacerdotes no se preocuparan por el símbolo, sino por el mero mensaje; lo cual no está mal, pero sigue siendo un problema.
Basta con ver los logotipos de iniciativas como el Sínodo Alemán, más parecidos a un logo de supermercado que a un símbolo realmente catequético, como en los viejos días.
El problema del abuso de los símbolos
Algunos iluminados con ciertos conocimientos de semiótica —la disciplina que estudia los símbolos— por algún motivo los ven en todas partes, y en ocasiones en lugares donde no los hay. Un ejemplo claro se da entre comunidades protestantes que intentan probar que el anticristo está en la Ciudad del Vaticano por la presencia de cruces invertidas; también he visto a algunos relacionar a los masones con los jesuitas porque ciertas iglesias tienen “el ojo que todo lo ve”. La verdad es más aburrida: aunque la cultura popular relacione la cruz invertida con el satanismo, esa cruz siempre ha pertenecido al martirio del apóstol Pedro, el primer Papa, y ha significado precisamente eso; y ese famoso ojo fue un símbolo incluso antes de la existencia de los masones o de cualquiera de las sociedades secretas.
El hombre detecta patrones por naturaleza: Jesús convierte el agua en vino, agua “co” y vino “vid”, “covid”, y la crucifixión el día 19. Pero no todos los patrones tienen una causalidad detrás, y de ahí que mencione que se necesita una gran humildad para leerlos, porque si no, acabamos viendo cualquier paparrucha y terminamos relacionando a cualquier figura con el maligno.
Sigamos con humildad la verdad, que es Cristo, y el resto se nos dará por añadidura.
