Taplin considera[1] que el conjunto de escenas representado por Hefesto sobre el Escudo de Aquiles no constituye una utopía, por cuanto él incluye amenazas tanto silvestres (leones) cuanto humanas (asedio). Esta observación nos conduce de inmediato sobre la cuestión de si acaso una sociedad utópica está siempre libre de amenazas. El paradigma utópico de Santo Tomás Moro nos responde en el capítulo VIII de su obra, que empieza declarando pomposamente la aversión de los bondadosos ciudadanos de Utopía hacia la guerra y, después, nos explica las causas por las cuales ellos, eventualmente, van a la guerra. La primera de ellas es la invasión. Se trata de un escenario plausible, propio de las dinámicas de interacción humana: tanto así que ni siquiera la más feliz de las sociedades puede escapar de él.

La esquemática exposición de Homero divide el mundo en dos esferas: la ciudad y el campo. Hefesto forja dos ciudades: una en paz y otra en guerra. La ciudad en paz exhibe dos escenas: la celebración de bodas y la disputa de un juicio por la compensación de un homicidio. La escena de las bodas se concentra sobre el rito en el que la desposada es conducida desde la casa de los padres hacia la casa del marido. La escena del juicio, en tanto, representa uno de los alegatos mientras los ancianos y la asamblea escuchan y también muestra cómo los ancianos ofrecen su opinión. La ciudad en guerra considera una secuencia: dos ejércitos asedian la ciudad y no se ponen de acuerdo sobre si saquearla o repartir las riquezas (esto puede decirnos algo acerca de la fuerza o el tamaño de los dos ejércitos), pero los habitantes realizan una emboscada e inician una sangrienta lucha con los sitiadores junto a la ribera de un río.
En las escenas agrestes, encontramos un campo fértil que está siendo arado, la cosecha del trigo, la cosecha de la uva y el cuidado de los rebaños: Vilatte[2] observa que ellas se corresponden con las estaciones del año—primavera, verano, otoño e invierno. Estas escenas contienen imágenes de placer sensorial. Durante el arado, un hombre ofrece una copa de vino «dulce como la miel» cada vez que un agricultor llega al extremo del barbecho. Durante la cosecha del trigo, se prepara un banquete con un «gran buey sacrificado». Después de la vendimia, un joven tañe la «sonora fórminge» y otros acompañan la canción «con bailes y gritos». Junto al pastizal donde pacen las ovejas, se ilustra una pista de baile y un grupo de jóvenes que danza en ella mientras una multitud se recrea alrededor. Mientras la vida de la ciudad ofrece solaz en una de sus cuatro escenas, la vida del campo lo hace en todas ellas.
Con todo, la vida del campo contiene un episodio de violencia. Mientras una manada de vacas camina hacia el pasto en compañía de cuatro pastores, dos leones atrapan y devoran a un toro. La descripción resulta tanto conmovedora cuanto bella: «aquéllos desgarraron la piel del enorme buey[3] y engullían las entrañas y la negra sangre». Esta es una de las razones por las cuales Taplin desestima que la ilustración del Escudo sea utópica. Pero considero que yerra, por cuanto la presencia de amenazas no resulta suficiente para descartar una utopía. Recordemos que esta guarda más relación con la sociedad descrita que con el lugar habitado por ella.
Por otro lado, cierta imagen poética parece resumir el carácter idílico de las escenas agrestes. Mientras los jornaleros llevan a cabo la cosecha del trigo, «Entre ellos el rey se erguía silencioso sobre un surco con el cetro, feliz en su corazón». El hecho de que guarde silencio inspiró a alguien a argumentar que este rey no simboliza autoridad (aun cuando porte el cetro), sino una felicidad máxima. Tal argumento se funda, sobre todo, en el énfasis del poeta para afirmar que el rey guarda silencio, pues un monarca que no usa la palabra no ejerce autoridad. Esta imagen del rey que no es rey condensa la dicha de quienes participan en las actividades campestres, quienes ajustan sus actividades a las estaciones del año y viven en una cornucopia de carne, pan, vino y música.
Quizá la vida de las ciudades no parezca tan afortunada; pero el bosquejo de ellas representa un ideal homérico, puesto que muestra cómo la vida se ordena alrededor de ritos y costumbres: las novias que recorren las calles guiadas por antorchas, el juicio público celebrado en el ágora, el asedio de la ciudad y la emboscada de los habitantes. El propio Homero nos muestra los contra-ejemplos de estos ideales: el rapto, la ofensa sin reparación, la huida del combate y la complacencia. Estos comportamientos podrían condensarse en un solo personaje, por cierto: Paris, el príncipe pastor que juzgó a las diosas sobre el Monte Ida.
Paris raptó a Helena, Paris atropelló la hospitalidad de Menelao, Paris fue rescatado por Afrodita cuando Menelao iba a abatirlo durante su combate singular, Paris ignoró a Héctor cuando este lo apuró para salir al campo de batalla y prefirió quedarse en la cama con su esposa. Este contraste nos ayuda a apreciar que Homero no ha ilustrado estas escenas al azar, sino que realmente intenta describir una sociedad ideal en la cual los comportamientos de Paris resulten extravagantes y censurables.
El opuesto de Paris en la Ilíada es Héctor: está casado —no gracias a un rapto— y tiene un hijo, lo cual distingue su matrimonio fructífero de aquel estéril que mantiene Paris con Helena; es honorable y el primero en defender Troya: solo puede ser confrontado exitosamente por el desmedido Aquiles, quien ha renunciado a su propia vida con tal de obtener la gloria del combate. La oposición de Paris con Héctor se nota, sobre todo, al final del canto VI, cuando Héctor rechaza las invitaciones de tres mujeres —Hécuba, Helena y Andrómaca— con tal de cumplir con su deber frente a los muros de la ciudad mientras que Paris se queda en la habitación con la mujer que ganó después de haber recibido las ofertas de las tres diosas en el Monte Ida. La utopía más paradigmática de Homero es la del país de los feacios, descrito en la Odisea. La breve descripción del Escudo de Aquiles en la Ilíada ofrece, no obstante, una imagen ejemplar sobre cómo se espera que luzca una sociedad buena y bella en el mundo homérico. Y, aun cuando ellas no estarán libres de las amenazas silvestres o humanas, gozarán del fruto de sus labores y de la civilidad de sus costumbres.
[1] Oliver Taplin, 1980, «The Shield of Achilles within the Iliad», Greece & Rome 27(1), pp. 1-21.
[2] Sylvie Vilatte, 1988, «Art et polis: le bouclier d’Achille», Dialogues d’histoire ancienne 14, pp. 89-107.
[3] Il. 18.580 dice tauron, mientras que 18.582 dice boós.
