El Kastismo es un nuevo Pinochetismo, el Kaiserismo es un nuevo Kastismo

Existe una enfermedad política que recorre silenciosamente a buena parte de la derecha chilena desde hace décadas. No se trata de una ideología específica, ni de un programa económico o social determinado. Es algo mucho más profundo: la búsqueda permanente del líder providencial, del hombre fuerte, del salvador que vendrá a resolver por sí solo los problemas que la sociedad no ha querido o no ha sabido enfrentar.

Durante muchos años ese papel lo ocupó Augusto Pinochet.

Quienes crecimos observando la cultura política de la derecha durante los años noventa recordamos escenas que hoy podrían parecer extrañas, pero que fueron completamente reales. Grupos de adherentes viajaban hasta su residencia para cantarle cumpleaños feliz. Su fotografía presidía sedes políticas, negocios y hogares. Cualquier discusión terminaba inevitablemente con la frase: “Si estuviese mi general esto no pasaría”.

La figura de Pinochet dejó de ser para muchos un personaje histórico susceptible de análisis y crítica para transformarse en una suerte de símbolo casi religioso, una presencia permanente invocada para explicar todos los males del presente y todas las esperanzas del futuro.

Sin embargo, aquella actitud escondía un problema mucho más profundo.

La frase “hace falta un Pinochet” encierra una renuncia implícita a la responsabilidad política personal. Es la delegación de las obligaciones cívicas en una figura externa. Es esperar que otro haga lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer.

Porque la regeneración de una nación no comienza en La Moneda. Comienza en la familia, en el barrio, en la comunidad local. Comienza cuando un padre educa correctamente a sus hijos, cuando un vecino se preocupa por su entorno, cuando una persona participa activamente en las instituciones que dan vida a la sociedad.

Ningún presidente puede reemplazar esas tareas.

La paradoja es que muchos de quienes exigían orden, disciplina y responsabilidad individual terminaban depositando todas sus esperanzas en una sola persona.

Tras la muerte de Pinochet se produjo un vacío político y emocional considerable dentro de un sector de la derecha. Chile Vamos inició un progresivo distanciamiento de su figura y buena parte de los antiguos referentes desaparecieron de la escena pública.

Fue entonces cuando apareció José Antonio Kast.

Para miles de personas, Kast representó mucho más que una candidatura presidencial. Representó la posibilidad de volver a tener un referente claro, un líder capaz de encarnar las frustraciones acumuladas por años.

Muchos comenzaron a depositar en él expectativas prácticamente ilimitadas. Ya no se hablaba de construir organizaciones sociales, centros de estudio, juntas de vecinos, sindicatos alternativos o proyectos culturales. Todo parecía depender de que Kast llegara a La Moneda.

Como antes ocurrió con Pinochet, el liderazgo comenzó a reemplazar a las ideas.

Las derrotas electorales y las inevitables contradicciones de la política fueron desgastando aquella imagen idealizada. Y cuando una parte del electorado comenzó a sentirse decepcionada, apareció un nuevo fenómeno.

Johannes Kaiser.

La velocidad con la que algunos antiguos partidarios de Kast migraron hacia Kaiser resulta reveladora. No porque ambos dirigentes sean idénticos, ya que poseen diferencias reales en estilo, discurso y énfasis programáticos, sino porque el mecanismo psicológico y político detrás del fenómeno parece ser exactamente el mismo.

Los huérfanos de Pinochet se transformaron en seguidores de Kast.

Los huérfanos de Kast comienzan a transformarse en seguidores de Kaiser.

Lo que cambia es el nombre del líder. Lo que permanece intacto es la necesidad de encontrar uno.

Por eso el problema de fondo no es Pinochet, ni Kast, ni Kaiser.

El problema es el caudillismo.

Es la tendencia a convertir la política en una competencia de adhesiones personales en lugar de una discusión de principios, proyectos e instituciones.

Hoy resulta frecuente observar debates dentro de la derecha donde ya no se discute qué modelo económico conviene al país, cómo fortalecer la soberanía nacional, cómo enfrentar la crisis demográfica o cómo reconstruir el tejido comunitario. La discusión se reduce a determinar cuál líder es mejor, cuál es más auténtico o cuál representa de forma más pura al sector.

Es una conversación propia de hinchas, no de ciudadanos.

Las naciones fuertes no se construyen sobre la base de hombres providenciales. Se construyen sobre comunidades fuertes, instituciones sólidas y ciudadanos responsables.

La historia demuestra que los grandes líderes pueden cumplir un papel relevante en determinados momentos. Pero también demuestra que ninguna sociedad se salva por decreto, ni por carisma, ni por voluntad individual.

La derecha chilena tendrá dificultades para proyectarse mientras continúe esperando al próximo salvador.

Porque después de Pinochet vino Kast.

Después de Kast está apareciendo Kaiser.

Y si la lógica no cambia, después de Kaiser vendrá otro.

El nombre es secundario.

Lo verdaderamente importante es comprender que ningún líder podrá reemplazar jamás la responsabilidad política que cada ciudadano tiene con su familia, su comunidad y su nación.

El día que la derecha entienda eso, dejará de buscar mesías y comenzará a construir poder real.


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