Iglesia Católica y Evolucionismo

La relación entre la Iglesia católica y la teoría de la evolución ha estado marcada por una prudente distinción entre las cuestiones propias de la ciencia natural y aquellas que pertenecen al orden metafísico y teológico. A diferencia de lo que suele afirmarse en la divulgación popular, no existe ningún pronunciamiento ex cathedra que haya definido como dogma una posición concreta sobre la evolución biológica, la antigüedad geológica de la Tierra o la interpretación de los fósiles. El texto magisterial fundamental continúa siendo la encíclica Humani Generis (1950) de Pío XII (1876-1958), donde se admite la legitimidad de investigar la hipótesis de una evolución del cuerpo humano a partir de organismos preexistentes, siempre que se mantenga la doctrina de la creación inmediata del alma racional por Dios. Posteriormente, Juan Pablo II (1920-2005), en su mensaje a la Pontificia Academia de las Ciencias de 1996, reconoció que la acumulación de evidencias científicas permitía considerar la evolución como «más que una hipótesis», aunque insistiendo en que ninguna teoría científica puede explicar exhaustivamente la dimensión espiritual del hombre. Benedicto XVI (1927-2022), por su parte, reiteró en diversas intervenciones que la alternativa correcta no es «creación o evolución», sino la comprensión de que ambas responden a órdenes explicativos diferentes.

La aceptación eclesiástica de la antigüedad de la Tierra y del registro fósil tampoco constituye una novedad contemporánea. Mucho antes del desarrollo de la geología moderna, san Agustín de Hipona (354-430), en De Genesi ad litteram (401-415), ya advertía contra interpretaciones excesivamente simplistas de los días de la creación narrados en el Génesis. Cuando durante los siglos XVIII y XIX la estratigrafía, la paleontología y la geología comenzaron a mostrar una Tierra de enorme antigüedad, la Iglesia no promulgó ninguna condena doctrinal contra tales descubrimientos. La cuestión permaneció abierta a la investigación científica, siempre que no se transformara en un argumento filosófico destinado a negar la creación o la providencia divina.

Sin embargo, la historia de la paleoantropología no ha estado exenta de errores, exageraciones e incluso fraudes. El caso paradigmático fue el llamado Hombre de Piltdown, presentado en 1912 como un supuesto eslabón intermedio entre simios y hombres y desenmascarado finalmente en 1953 como una falsificación compuesta por restos humanos y una mandíbula de orangután manipulada artificialmente. El episodio reveló hasta qué punto determinados hallazgos podían ser aceptados con escaso espíritu crítico cuando parecían confirmar las expectativas teóricas dominantes. También han existido reconstrucciones excesivamente aventuradas a partir de restos fragmentarios, fenómeno que no invalida la paleoantropología en su conjunto, pero sí obliga a recordar que la ciencia es una empresa humana sometida a errores, intereses institucionales y paradigmas interpretativos.

La discusión más profunda aparece cuando se distingue entre los cambios observables dentro de una especie y la aparición de nuevas especies o grandes grupos zoológicos. Nadie cuestiona seriamente la existencia de variaciones hereditarias, adaptaciones locales o procesos de selección natural. Tales fenómenos fueron descritos por Charles Darwin (1809-1882) en On the Origin of Species (1859) y posteriormente integrados con la genética mendeliana de Gregor Mendel (1822-1884), cuyos experimentos fueron publicados en 1866. La controversia surge cuando se pretende extender estos mecanismos a la explicación completa del origen de nuevos planes corporales, nuevos órganos complejos o categorías biológicas enteramente distintas. La denominada microevolución es directamente observable; la macroevolución, en cambio, constituye una reconstrucción histórica inferida a partir de fósiles, anatomía comparada, genética y biogeografía.

El propio Darwin reconoció que una de las principales dificultades de su teoría era la aparente discontinuidad del registro fósil. Más de un siglo después, el problema no ha desaparecido completamente. Aunque se han descubierto numerosas formas transicionales, los paleontólogos continúan debatiendo acerca del ritmo y los mecanismos de los grandes cambios evolutivos. Stephen Jay Gould (1941-2002) y Niles Eldredge (1943-), en la teoría del equilibrio puntuado propuesta en 1972, sostuvieron que la historia de la vida parece caracterizarse por largos períodos de estabilidad seguidos de episodios relativamente rápidos de transformación. Lejos de constituir una refutación de la evolución, esta propuesta mostraba que incluso dentro del propio evolucionismo existen desacuerdos significativos sobre cómo interpretar los datos fósiles.

Todavía más compleja resulta la cuestión del hombre. La teoría evolutiva contemporánea no afirma que el hombre proceda de los monos actuales, sino que hombres y simios compartirían un ancestro común remoto. Sin embargo, la semejanza anatómica y genética no resuelve automáticamente el problema antropológico. El surgimiento del lenguaje conceptual, del pensamiento abstracto, de la matemática, del arte simbólico, de la religión y de la filosofía constituye una dificultad de naturaleza distinta a la mera transformación morfológica. Un paleontólogo puede describir cambios en la pelvis, en la dentición o en la capacidad craneal; explicar el origen de la inteligencia capaz de producir la Metafísica de Aristóteles (384-322 a. C.), la Summa Theologiae de santo Tomás de Aquino (1225-1274), iniciada en 1265, o los teoremas de Kurt Gödel (1906-1978) exige abordar cuestiones que trascienden la mera anatomía.

Por esta razón, diversos filósofos del siglo XX consideraron insuficiente una reducción puramente zoológica de la condición humana. Max Scheler (1874-1928), en Die Stellung des Menschen im Kosmos (1928), sostuvo que el hombre ocupa una posición singular por su apertura al mundo y a los valores. Helmuth Plessner (1892-1985), en Die Stufen des Organischen und der Mensch (1928), insistió en la peculiar excentricidad de la existencia humana. Arnold Gehlen (1904-1976), en Der Mensch (1940), describió al hombre como un ser biológicamente deficitario que sólo puede realizarse mediante instituciones culturales. Desde coordenadas muy distintas, Gustavo Bueno (1924-2016), especialmente en El animal divino (1985), rechazó tanto el espiritualismo desencarnado como el reduccionismo biologicista, defendiendo una antropología filosófica capaz de reconocer simultáneamente la continuidad zoológica y la singularidad histórica y cultural de la especie humana.

La cuestión decisiva, por tanto, no consiste únicamente en determinar si hubo evolución biológica, sino en precisar qué puede explicar la evolución y qué cuestiones permanecen abiertas. La ciencia contemporánea dispone de abundantes evidencias para sostener una historia evolutiva de los organismos, pero continúa investigando el origen de la información biológica, la aparición de las innovaciones morfológicas complejas, la emergencia de la conciencia y el significado antropológico de la racionalidad humana. El debate serio ya no enfrenta simplemente a evolucionistas y antievolucionistas, sino a diversas interpretaciones sobre el alcance real de las explicaciones científicas y sobre los límites que separan la biología, la filosofía y la teología.


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Plinio de Lira Sin Mella

Contra-Revolucionario, anticomunista, antiliberal, anti 1789