Principiantes, neófitos y el ardor de la fe de un converso

Una tradición viva necesita ambas cosas.

Necesita la memoria de los antiguos y el entusiasmo de los recién llegados.

Necesita la estabilidad de las raíces y la fuerza de los nuevos brotes.

            No toda novedad es igual. El lenguaje lo sabía mucho antes que la psicología. Un principiante y un neófito son hombres que acaban de llegar, pero no han llegado de la misma manera ni a la misma realidad.

            «Principiante» procede del latín principians, derivado de principium, el comienzo. La palabra designa simplemente a quien se encuentra en los primeros pasos de un aprendizaje. Es una categoría temporal. Se es principiante porque se ha empezado recientemente una actividad.

            «Neófito», en cambio, procede del griego neóphytos, «recién plantado», compuesto por néos («nuevo») y phytós («plantado», «brotado»). La imagen ya no es cronológica sino orgánica. El neófito no es sólo alguien que comienza; es alguien que ha sido trasplantado. Ha abandonado un terreno y ha sido injertado en otro. No se trata únicamente de aprender algo nuevo, sino de incorporarse a una tradición, a una comunidad o a una visión del mundo.

            Por ello el cristianismo primitivo adoptó esta palabra con naturalidad. El bautizado reciente era un neóphytos: una planta nueva dentro del jardín de la Iglesia. Pero precisamente aquí aparece la observación de extraordinaria profundidad contenida en la Primera Carta a Timoteo. San Pablo (ca. 5-ca. 64/67) advierte que el obispo no debe ser un neófito, «no sea que, cegado por el orgullo, incurra en la misma condenación del diablo» (1 Tim 3, 6).

            La advertencia resulta tanto más notable cuanto que procede del converso más célebre de la historia cristiana. Nadie experimentó con mayor intensidad el fuego de una conversión que el Apóstol de los Gentiles. Sin embargo, precisamente porque conocía esa experiencia desde dentro, comprendió también sus peligros.

            La cuestión no era la sinceridad. Tampoco el fervor. El problema era otro. Quien descubre una verdad suele experimentar la embriaguez intelectual de creer que la posee por completo. El hallazgo reciente produce una ilusión de totalidad. Lo que acaba de ser descubierto parece explicarlo todo. El converso contempla con una claridad extraordinaria aquello que antes ignoraba, pero todavía carece de la perspectiva que sólo la concede el tiempo.

            Este fenómeno adquiere especial gravedad en ambientes esotéricos o herméticos. Allí la iniciación suele fundarse sobre una distinción radical entre quienes saben y quienes no saben. El conocimiento aparece como un privilegio reservado a una minoría. El recién iniciado no sólo recibe una doctrina; recibe también la conciencia de pertenecer a un círculo separado. La tentación del orgullo se encuentra, por tanto, inscrita en la propia estructura del sistema. El neófito corre el riesgo de identificarse más con la posesión del secreto que con la búsqueda de la verdad.

            La tradición filosófica clásica y la catolicidad presentan una situación muy distinta. Ambas pertenecen, cada una a su manera, al ámbito de lo exotérico. Ni Aristóteles (384-322 a. C.) ni la Iglesia concibieron jamás la verdad como patrimonio de una casta iniciática. La filosofía se dirige a todo hombre capaz de razonar; el Evangelio se dirige a todo hombre capaz de creer. El problema del neófito ya no consiste aquí en sentirse depositario de un secreto, sino en creer que ha agotado una verdad que apenas comienza a conocer.

            Por eso la advertencia paulina posee una profundidad filosófica que trasciende el ámbito eclesiástico. La verdad puede ser descubierta en un instante, pero sólo puede ser asimilada lentamente. El entendimiento se convierte con rapidez; la inteligencia madura con lentitud. El converso ve la cima; todavía no conoce la montaña.

            Sin embargo, sería un error interpretar estas palabras como una desconfianza hacia el ardor de los recién llegados. Las grandes renovaciones espirituales suelen proceder precisamente de ellos. El hombre que ha encontrado una verdad después de una larga búsqueda acostumbra a defenderla con una energía desconocida para quien la recibió por herencia. Existe una gratitud intelectual propia del converso. Lo que para otros es costumbre, para él es descubrimiento.

            Pocas obras han descrito mejor esta experiencia que Confesiones de un converso (1913), de Robert Hugh Benson (1871-1914). Hijo del arzobispo anglicano de Canterbury, Edward White Benson (1829-1896), su ingreso en la Iglesia católica en 1903 no fue un simple cambio de afiliación religiosa, sino una auténtica transformación espiritual e intelectual. En sus páginas aparece con claridad el rasgo característico de todo gran converso: la sensación de haber llegado finalmente a una patria largamente buscada. No hay en él el orgullo del iniciado que posee secretos, sino la alegría del peregrino que encuentra descanso.

            Quizá ésta sea la enseñanza permanente del término neóphytos. El brote recién plantado posee una vitalidad que el árbol viejo ya no puede exhibir. Pero el árbol posee unas raíces que el brote todavía no ha desarrollado. Una tradición viva necesita ambas cosas. Necesita la memoria de los antiguos y el entusiasmo de los recién llegados. Necesita la estabilidad de las raíces y la fuerza de los nuevos brotes. Lo que San Pablo comprendió mejor que nadie es que el fuego del converso constituye una bendición para la comunidad, siempre que el tiempo transforme ese fuego en luz.


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Plinio de Lira Sin Mella

Contra-Revolucionario, anticomunista, antiliberal, anti 1789