Salvemos las Humanidades

«No puede decirse que exista un debate en torno a la enseñanza de las lenguas y cultura clásicas»[1] en Chile. El silencio, que fue objeto predilecto de análisis para la profesora Giuseppina Grammatico en los textos filosófico-poéticos de la Antigüedad, está sofocando las humanidades: poco se habla sobre su importancia operativa en el funcionamiento de la sociedad y menos aún sobre su relevancia para la valoración del quehacer humano. Como señaló la profesora Giuseppina alguna vez, «hay saberes que sirven para la subsistencia y otros que sirven para la existencia». La importancia operativa a la que me refiero es la que utilizamos para darles sentido a los datos recolectados por los gobiernos, por los mercados y por las ciencias —naturales o sociales—: las herramientas intelectuales para interpretar esta información, que en principio son meros significantes sin un sentido preciso, son otorgadas por las humanidades[2]. La relevancia cultural, por su parte, apenas y necesita alguna explicación, si bien hoy existe un extendido desprecio hacia (o desconocimiento de) el valor general y específico de los productos culturales: el hecho de que haya catedrales en Europa convertidas en discotecas o gimnasios lo refleja con fidelidad.

Da la impresión, pues, de que hemos revivido el debate[3] que tuvo lugar entre Bejamín Vicuña Mackenna y Justus Florian Lobeck en la Facultad de Filosofía y Humanidades en 1865. Mientras Vicuña hizo una exposición floja y predecible, Lobeck no solamente arrolló los argumentos de aquel, sino que mostró un desempeño retórico sobresaliente y planteó cómo el devenir y la grandeza de Chile dependen de que les otorguemos un lugar privilegiado a los estudios clásicos (que son el núcleo de las humanidades) en la enseñanza. Su arenga resulta conmovedora hasta nuestros días: «Chile está llamado a ser en América lo que la Alemania en Europa: un baluarte insuperable contra las extravagancias de todo jénero que han puesto en ridículo las ideas más brillantes; terreno de fácil cultivo para toda idea noble i jenerosa»[4]. Pero el impulso anticultural (extravagancia que ridiculiza las ideas brillantes) siguió adelante y terminó por suprimir los estudios grecolatinos poco después. De manera similar, hoy la razón sigue reconociendo que las humanidades son fundamentales para el desarrollo de la sociedad, pero la práctica muestra que estas son abandonadas en favor de otras disciplinas más populares en el mundo de la moda académica actual.

Aun cuando el Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos «Fotios Malleros», de la Universidad de Chile, goza de buena salud, el Centro de Estudios Clásicos «Giuseppina Grammatico», de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, apenas sobrevive. Ninguno de los dos ofrece siquiera un bachillerato. Pasamos de tener una licenciatura y dos programas de magíster hace quince años a un par de diplomados en la actualidad. Ambas unidades siguen publicando y organizando congresos, de manera que no puede decirse que estén fallado en cuanto a productividad, pero el mundo académico les sigue exigiendo que justifiquen su existencia. La extravagancia irracional sigue viva, por lo visto.

En nuestros tiempos, muchos asumen que el criterio racional está mediado por los hallazgos o consensos científicos. Pero los hallazgos no se bastan a sí mismos y los consensos no constituyen un principio definitivo. Los datos recogidos deben ser interpretados y este proceso depende de los principios de la lógica, una de las disciplinas enseñadas por el trivium, para completarse. Son estos principios, no el consenso, lo que define una interpretación correcta, adecuada y veraz. El quehacer científico, de hecho, se expresa a través del discurso argumentativo, cuya superestructura se compone, básicamente, de tesis y respaldo. El respaldo, en ciencia, es un conjunto de observaciones o mediciones empíricas. Esta evidencia no dice nada por sí sola, sino que debe ser interpretada de acuerdo con los principios de la lógica con el fin de que sostenga una tesis: sin una lectura lógica de la evidencia empírica, pues, no puede haber ciencia. Tal como las matemáticas son indispensables para las ciencias, la lógica opera como condición universal para el pensamiento racional y disciplinar. El criterio racional, en consecuencia, debe acudir como recurso definitivo a la lógica, no a la evidencia empírica, puesto que esta se halla sujeta a una interpretación.

No hace falta, en fin, tomar conciencia sobre un problema que es evidente, sino tomar acción para corregirlo. Nadie hará nada, sin embargo, si no ha tomado conciencia sobre el problema que tenemos. En el pasado, la importancia de las lenguas clásicas resultaba evidente. Hoy en día, se las considera prescindibles. Como empecé diciendo arriba, «No puede decirse que exista un debate en torno a la enseñanza de las lenguas y cultura clásicas»; pero esto no se arregla con un video viral en Instagram, sino con la lectura de los clásicos: Homero, Virgilio, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Cicerón, Séneca, Horacio, Arquíloco, Teognis, Lucano, Salustio, Píndaro, Lucrecio, Platón, Aristóteles, Plauto, Terencio, Aristófanes, Juvenal, Julio César, Isócrates, San Juan Evangelista, Heródoto, Tito Livio y tantos otros. ¿No es un atrevimiento, pues, considerar que el mundo no necesita el aporte de cada uno de estos gigantes?


[1] Cristian Mancilla, «Chile Grecorromano», Fundación para el Progreso, 2015, <https://fppchile.org/chile-grecorromano/>.

[2] Cristian Mancilla, Francisco Belmar, Alonso Zavaleta, «Alfabetización en Ciencia y Pensamiento Crítico en el Aula (Morandín, Villanueva y Romero): una Revisión Crítica y Propositiva», Alianzas y Tendencias BUAP [2594-0627] 8(32), 2023, pp. 32-42, doi:10.5281/zenodo.10467706.

[3] «Latin i Griego», Anales de la Universidad de Chile 24, 1865, pp. 448-534, <https://anales.uchile.cl/index.php/ANUC/article/view/19712/20859>.

[4] «Latin i Griego», p. 532. Cursivas en el original.


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