La semana pasada, Sebastián respondió a la columna de este servidor respecto de la adhesión del padre Osvaldo Lira al nacionalismo de su tiempo. Aconsejo al lector leer ¡No temáis! para comprender mejor el contexto de esta respuesta.
Un buen punto que plantea Sebastián es el riesgo de confinar al tradicionalismo a un movimiento de reflujo, algo que efectivamente ha ocurrido a lo largo de la historia. Además, si a esto le sumamos el sedevacantismo o el esoterismo, puede derivar en propuestas embusteras como el tradicionalismo de Julius Evola y René Guénon refutadas el excelente artículo Neognosticismo Pseudotradicional: El Binomio Guénon-Evola.
Por ello, el llamado que realizo no es a mantener una supuesta pureza doctrinal, sino a ser quienes fijen y marquen la pauta de las discusiones, tal como lo ha hecho la Santa Iglesia mediante sus encíclicas, estilo que las izquierdas han imitado para impulsar sus propias agendas. Se trata, sin embargo, de un proceso que no debe derivar en una síntesis al estilo de Hegel.
Me detengo un momento en este punto porque es importante plantear el asunto como una dialéctica sana, en que las soluciones a los problemas contingentes son discutidas hasta ser perfeccionadas. Muy distinto a la demoniaca dialéctica hegeliana, que pretende deliberar sobre el bien y el mal mediante el choque entre tesis y antítesis, generando conflictos ideológicos propios de los partidos. En resumen, el error es mezclar la verdad católica con ideas raciales de origen pagano o con concepciones subjetivistas de corte kantiano.
Por este motivo, el tradicionalista puede aprovechar todas las innovaciones de la técnica y la ciencia para, como dice el papa León en Magnifica Humanitas, reconstruir las murallas de la Jerusalén celestial. «Venga a nosotros tu Reino».
Con esto también me refiero al caso de los corporativismos, respecto de los cuales se me acusa de caer en un falso dilema. La crítica está dirigida a quienes buscan restaurar fórmulas del pasado en un tiempo que ya no les corresponde. Aquellas propuestas respondieron a los desafíos económicos de su época, pero los desafíos de la digitalización ciertamente merecen respuestas distintas. Sería tan ridículo como proponer una industria ferroviaria a carbón en nuestros días.
En conclusión, la gran victoria de Osvaldo Lira fue la influencia ejercida transversalmente sobre los distintos sectores de las llamadas derechas, sin que ello decantara en una síntesis doctrinal.
