Neognosticismo Pseudotradicional: El Binomio Guénon-Evola

           

La reacción intelectual más equívoca y sintomática frente al rodillo compresor del positivismo decimonónico no provino de la restauración del realismo clásico, sino de la eclosión de lo que en este trabajo llamamos neognosticismo pseudotradicional, un movimiento especulativo que tuvo sus ejes basales en el doctrinario del esoterismo sincretista francés, René Guénon (1886-1951) y en el ideólogo literario de la nostalgia pagano-gnóstica Julius Evola (1889-1974).

            La utilización del término pseudotradicional resulta metodológicamente obligatoria para desmantelar la confusión historiográfica que rodea a ambos autores, cuyos sistemas no se fundan en la defensa de ninguna tradición filosófica, jurídica, civil o teológica de las polis, pueblos, o naciones históricas, sino en la postulación abstracta de una supuesta y nunca encontrada «Tradición Primordial». Esta categoría de cuño masónico y esotérico afirma la existencia de una revelación increada y anterior a la historia, reduciendo a las religiones positivas y al orden de la polis, a meras formas contingentes y populares destinadas a ocultar una verdad accesible únicamente a una élite de iniciados. Al desplazar el eje de la racionalidad común hacia el plano de la iluminación reservada, el binomio Guénon-Evola no operó una enmienda a la totalidad de la crisis moderna, sino que la consumó por la vía del repliegue elitista. Mientras Guénon propugnaba una huida contemplativa hacia las doctrinas orientales en su obra La crisis del mundo moderno (1927), Evola radicalizó este inmanentismo espiritual en Cabalgar el tigre (1961), donde el individuo diferenciado ya no responde ante la ley natural ni ante el bien de su comunidad, sino ante la autocracia de su propio Yo deificado, legitimando la utilización utilitaria de las ruinas de la modernidad en una operación de gnosticismo que preparó, por inversión metafísica, la fragmentación nihilista de la posterioridad posmoderna.

            La postulación de esta estructura metafísica suprahistórica no constituye un hallazgo original, sino la decantación terminal de una genealogía esotérica y sincrética cuyos cimientos se incubaron en el subsuelo del propio Renacimiento europeo. El huevo de dragón de este fenómeno se localiza en la Florencia del siglo quince, específicamente en la operación gnoseológica ejecutada por Marsilio Ficino (1433-1499) y Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494). Al traducir el Corpus Hermeticum por encargo de los Médici, Ficino acuñó la doctrina de la Prisca Theologia o Teología Antigua, la cual postulaba una cadena ininterrumpida de transmisión de verdades divinas de cuño pagano y gentílico que unía a Hermes Trismegisto, Zoroastro, Orfeo y Pitágoras en una revelación paralela y anterior al ordenamiento de las Sagradas Escrituras. Esta corriente fue radicalizada por Pico della Mirandola a través de sus 900 tesis (1486), donde introdujo la Cábala judía en el pensamiento cristiano bajo la premisa de que constituía la clave esotérica y secreta de la revelación del Sinaí, una ley oculta sólo para iniciados que supuestamente sintonizaba con el hermetismo egipcio. Al fusionar la mística hebrea con el neoplatonismo y afirmar en su Discurso sobre la dignidad del hombre la capacidad autocrática del sujeto para deificarse a sí mismo mediante la ascesis intelectual, Pico sentó el dogma fundacional de la gnosis moderna: la existencia de una fuente de conocimiento única, secreta y reservada a una élite que disuelve la analogía del ser y el realismo político de la sociedad.

            Este sustrato hermético renacentista, contenido temporalmente por el rigor de la escolástica barroca, halló su andamiaje institucional definitivo a partir del siglo dieciocho. Tras la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717, acontecimiento que formaliza el nacimiento de la masonería especulativa moderna, el concepto de una doctrina secreta y universal adquirió una base corporativa y transnacional. Fue mediante la eclosión de la llamada Ilustración Hermética y el desarrollo de las altas logias y sistemas de altos grados durante la segunda mitad del siglo dieciocho —particularmente el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y el Rito de los Filaletes— donde la vieja Prisca Theologia se transformó en un dispositivo de unificación espiritual alternativo al altar y al trono. En estos espacios cerrados se sistematizó la tesis medular de que las religiones positivas, la teología pública y las leyes civiles de los reinos eran meros exoterismos utilitarios construidos sólo para contener a la masa ignorante, mientras que la verdadera doctrina geométrica e iniciática permanecía resguardada en el secreto de los talleres bajo la filiación de una fraternidad universal depositaria de la luz originaria.

            El desgajamiento definitivo de la realidad histórica y civil de las naciones se consumó durante el siglo diecinueve, un periodo obsesionado con el sincretismo global derivado de la expansión colonial en Asia y el acceso a los textos del hinduismo y el budismo. Esta fase decimonónica se articuló a través de dos eslabones directos que nutrieron el instrumental conceptual de la modernidad tardía: por un lado, el ocultismo francés de Éliphas Lévi (1810-1875) y Gérard Encausse «Papus» (1865-1916), quienes pretendieron hallar una clave matemática y analógica única para descifrar el cosmos en el Tarot y la Alquimia, y por otro, el teosofismo de Helena Blavatsky (1831-1891), cuya obra La Doctrina Secreta (1888) popularizó el mito de una fraternidad esotérica oriental depositaria de la sabiduría original de la humanidad.

            De este modo, al desenterrar el linaje que conduce directamente a Guénon y Evola, queda al descubierto la paradoja de su sistema: la Tradición Primordial no es el vestigio de un orden clásico destruido por la modernidad materialista, sino un subproducto ideológico y barroco de la propia modernidad, un constructo intelectual de cuño romántico y decimonónico que utiliza una terminología arcaica para camuflar el repliegue de un ego gnótico incapaz de responder ante el tribunal de la historia y la racionalidad común de los pueblos.

            La trayectoria vital de René Guénon (1886-1951) y Julius Evola (1889-1974) constituye una crónica de desarraigo existencial y nomadismo espiritual que confirma su ruptura absoluta con la densidad histórica y teológica tanto de la tradición católica como de la matriz cultural hispánica. Lejos de encarnar la figura del defensor del orden civil y el realismo clásico, ambos autores convirtieron sus biografías en un laboratorio de experimentación esotérica, donde las instituciones occidentales fueron tratadas como meros envoltorios contingentes de una gnosis inmanente.

            René Guénon nació en el seno de una familia estrictamente católica en Blois, Francia, y aunque en sus años de juventud cursó estudios de matemáticas y mantuvo ciertos contactos intelectuales donde pretendió defender la estructura intelectual de la Iglesia —como se observa en sus colaboraciones tempranas en la revista La France Antimaçonnique bajo el pseudónimo de Palingenius y en su correspondencia con pensadores tomistas—, esta aproximación fue puramente instrumental. Para Guénon, el catolicismo no poseía un valor salvífico por ser la revelación verdadera, sino sólo porque, a su juicio, constituía la última «forma tradicional» de Occidente que conservaba restos de la iniciación primordial. Su verdadera biografía transcurrió en la penumbra de las organizaciones secretas: en 1909 fue ordenado obispo de la Iglesia Gnóstica con el nombre de Tau Palingenius, frecuentó la Orden Martinista de Papus y se vinculó al Rito de Memphis-Misraim. La ruptura definitiva con la herencia católica se consumó en 1930, cuando abandonó París para establecerse definitivamente en El Cairo, Egipto. Allí adoptó el nombre de Abdel Wahed Yahia, se sumergió en el misticismo sufí y vivió hasta su muerte en un aislamiento total de la cultura occidental, publicando obras fundamentales como El reino de la cantidad y los signos de los tiempos (1945), donde despachó la historia política y el desarrollo civil de las naciones como una simple degradación cósmica irreversible.

            Por su parte, Julius Evola desplegó una biografía marcada por el voluntarismo estético y un paganismo militante que colisionó frontalmente con la moral cristiana. Nacido en Roma, el joven Evola inició su andadura intelectual en las filas del dadaísmo pictórico junto a Tristan Tzara, para luego transitar hacia el ocultismo práctico mediante el Grupo de Ur en la década de 1920. Aunque la historiografía suele registrar con tintes anecdóticos sus estancias en el monasterio de la Gran Cartuja, este coqueteo con la orden contemplativa no respondió jamás a un impulso de conversión evangélica o sumisión filial a Roma. Evola acudía a los cartujos atraído únicamente por el rigor de su disciplina ascética, buscando en el silencio monacal una técnica de aislamiento psicológico y endurecimiento del Yo que pudiese trasplantar a su doctrina del «hombre diferenciado». Su desprecio por el catolicismo y por el realismo político de base hispánica quedó sellado en obras como Imperialismo pagano (1928), donde atacó con ferocidad la matriz semita y universalista del cristianismo, al que acusaba de haber debilitado el vigor del Imperio romano original introduciendo una moral de esclavos. Evola sustituyó la noción católica de la Gracia por una ascesis guerrera y un gnosticismo heroico que expuso detalladamente en Revuelta contra el mundo moderno (1934). Incluso su parálisis física, provocada por las heridas que sufrió durante un bombardeo en Viena en 1945 mientras consultaba archivos esotéricos de las S.S., adquirió un tinte de terquedad estoica: pasó el resto de su vida en su apartamento de Roma, postrado pero inquebrantable, dictando textos como El camino del cinabrio (1963) y transformado en el oráculo de una juventud radicalizada a la que enseñó a despreciar las instituciones democráticas y eclesiales por igual.

            De este modo, el análisis de sus vidas desmitifica la impostura de su pretendido tradicionalismo. Al contraponer la biografía de este binomio con el realismo hispánico y católico, la distancia se vuelve sideral. Mientras la tradición clásica e hispánica concibe al hombre como una persona inserta en una comunidad histórica concreta, obligada por la ley natural y orientada al bien común bajo un orden jurídico público, Guénon y Evola huyeron hacia el desierto islámico o el repliegue aristocrático del Yo pagano. Sus vidas demuestran que la supuesta Tradición Primordial sirvió sólo como un salvoconducto biográfico para justificar el desarraigo, la deserción cívica y la hostilidad hacia la fe que dio forma a la civilización occidental.

            El correlato empírico de esta trampa gnoseológica en el ámbito hispanoamericano halla su fisonomía inequívoca en la figura del ensayista argentino Marcos Ghio, fundador del Centro de Estudios Evolianos de Buenos Aires y reconocido como el más prolífico traductor de la obra de Julius Evola al castellano a través de su sello Ediciones Heracles. La peripecia intelectual de Ghio ilustra de manera descarnada la quiebra del modelo: pretendiendo encarnar la figura del «hombre diferenciado» que asume la distancia ontológica frente a la masificación contemporánea, sus intentos de proyectar la doctrina de la aristocracia espiritual en el debate público civil terminaron devorados por el propio espectáculo mediático que pretendía impugnar.

            La paradoja institucional que sepulta al neognosticismo pseudotradicional se consuma en su divorcio absoluto de la masonería realmente existente, un hecho que desmitifica la operatividad real de sus teorías y las confina al terreno de la utopía insular. Aunque el concepto de la «Tradición Primordial» y la postulación de una doctrina secreta reservada a los elegidos surgieron históricamente al amparo de las tesis esotéricas y el andamiaje simbólico de las logias del siglo dieciocho, las corporaciones masónicas contemporáneas mantienen hoy a Guénon, a Evola y a epígonos como Ghio en la más estricta marginalidad. Esta exclusión mutua obedece a una evolución histórica irreversible: la masonería de los siglos veinte y veintiuno abdicó de las altas especulaciones metafísicas para reconvertirse en una organización secular, filantrópica y civil, volcada hacia el laicismo burgués y la promoción de los valores democráticos de la Ilustración. En este ecosistema igualitario y republicano, la propuesta de una «aristocracia espiritual» dotada de una autoridad suprahistórica y refractaria al derecho común es percibida como una deriva reaccionaria e incompatible con la legalidad de los Estados modernos. El quiebre, por lo tanto, es absoluto y bidireccional. Fue el propio Guénon quien decretó la invalidez espiritual de los talleres de su tiempo, acusándolos de ser cascarones decaídos que habían traicionado la iniciación regular para hacer política contingente.

            Al romper con el realismo de la tradición católica e hispánica por considerarlo un dogma popular, el binomio Guénon-Evola buscó refugio en la genealogía del secreto masónico, pero al radicalizar la soberbia de su Yo individual frente a la chatura de las logias reales, terminaron expulsados del templo que pretendían heredar. El resultado de esta doble apostasía es el desierto político: ignorados por los masones de carne y hueso que los consideran extremistas, y repudiados por la Iglesia que detecta su gnosticismo, quedan hoy desprovistos de todo suelo institucional, reducidos al ostracismo de cenáculos minoritarios que intentan agitar un instrumental conceptual estéril ante el rodillo de la modernidad técnica.


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Plinio de Lira Sin Mella

Contra-Revolucionario, anticomunista, antiliberal, anti 1789