La columna de Sebastián Izquierdo

En 2006 el guinista, productor y director Mike Judge nos presentaba una particular y humorística distopía; la comedia nos planteaba que sólo los tontos tendrían hijos y que una persona de inteligencia promedio sería (en ese futuro) un genio. Idiocracy se equivocó, la realidad fue más perversa: no proliferaron los tontos, sino que el sistema (con discreta eficacia) convenció a la mayoría de que reproducirse era un error moral, económico y existencial.
Entre los años noventa y los dos mil diez se tejió un plan de erosión demográfica que no fue azaroso. Los currículos escolares, las campañas públicas y buena parte de los aparatos culturales asumieron como objetivo la reducción de la natalidad. No siempre lo anunciaron con franqueza: lo hicieron en nombre del ecologismo, de la “realización personal” o del empoderamiento femenino. El resultado fue el mismo: generaciones enteras educadas para evitar la procreación, socializadas para ver en la maternidad y la paternidad un estorbo indigno. La competición por estatus social se convirtió literalmente en una carrrera por quien era el último en reproducirse.
La industria cultural hizo su parte y la hizo a pecho descubierto. Series masivas (Friends, How I Met Your Mother, The Big Bang Theory) vendieron la soltería, la movilidad y la disponibilidad absoluta como modelos de éxito. Malcolm in the Middle y otras comedias dibujaron a las familias con hijos como económicamente miserables, irresponsables y ridículas, condenando la procreación al reino de lo fracasado. El mensaje fue simple y repetido hasta la náusea: ser adulto es huir del vínculo, ser libre es no cargar con heredades. La televisión enseñó que la parentalidad es sinónimo de ruina.
La música explotó esa narrativa con violencia afectiva. El reguetón contemporáneo y el pop anglo que domina las listas glorificaron la promiscuidad, el goce inmediato y una sexualidad de consumo que explícitamente desvincula sexo y reproducción. Letras, videoclips y estéticas celebraron los excesos no reproductivos como si fueran metas de vida. El “arte” (si se le puede llamar tal) se convirtió en el escaparate publicitario de los mercados de carne humana en los que la mayoría vende su cuerpo a cambio de algo de cariño, aprobación o atención. No es un efecto colateral; es una fábrica de costumbres que aleja a la mayoría del acto biológico más básico: reproducirse.
Todo esto no produjo la selección por estupidez que Mike Judge creía, en su lugar produjo la retirada masiva de los “buenos alumnos” del proyecto de la reproducción. Los conformistas, los cumplidores, los que creen en el sistema y absorben sus narrativas, aquellos que históricamente sostenían el tejido social con su obediencia, comenzaron a no tener hijos. Quienes hoy se reproducen son los disidentes, los cínicos, los inconformistas. La demografía está en manos de rebeldes, de quienes rechazan la oferta cultural dominante o viven fuera de su alcance. Si la conducta tiene herencia, lo que viene no es una idiocracia estática sino un mundo conflictivo, volátil y menos dócil.
La guerra contra la familia no termina en los guiones de Netflix ni en las playlists. Es institucional y sistémica. Los incentivos laborales castigan la parentalidad: horarios inflexibles, salarios no pensados para la crianza y una cultura empresarial que valora la disponibilidad total. Los incentivos públicos son contradictorios o perversos: subsidios que priorizan a mujeres solteras, tribunales de familia que generan incentivos perversos en favor del divorcio y que ponen cargas de manutención en los padres que son imposibles de cumplir, políticas de bienestar que premian la desvinculación. Al mismo tiempo se empuja culturalmente la emancipación simultánea de ambos cónyuges y la promiscuidad como valor emancipador (en Chile, la serie de televisión “Infieles” fue una guerra abierta a la familia que tuvo éxito rotundo en la pantalla chica). Estas son decisiones políticas y culturales que, agregadas, persiguen el mismo efecto práctico, hacer de la familia una opción marginal.
Esto no es una teoría conspirativa descabellada; es la constatación de que políticas públicas, currículos y megafonía cultural convergieron hacia un objetivo: reducir la reproducción de las clases que antes sostenían el orden. El sistema, con sus propias manos, está dando muerte demográfica a sus súbditos más leales. ¿Que clase de élite dominante busca deliberadamente la extinción de los linajes que más docilmente le obedecen?.
Al observar la naturaleza, vemos que todos los seres vivos luchan encarnizadamente por reproducirse, sufren como los salmones contra la corriente de los ríos, y se desfiguran como los leones machos peleando por un grupo de hembras, todo por mantener vivo su linaje. Al observar la historia de los hombres el panorama no cambia mucho, todos los linajes buscaron subsistir, conservar sus historias, su memoria y su sangre. Hoy, la mayoría social hace lo contrario, lucha con todas sus fuerzas en pos de su extinción, llegando incluso a realizar asesinatos masivos a los niños que aún no nacen para evitar ser “perdedores” en el juego anti-humano de neustra pérfida civilización.
¿Que civilización construirán los rebeldes, los desadaptados, los marginales, los inconformistas que se atrevieron a cometer el pecado social de engenderar desendencia? ¿que sociedad será la de su linaje? Cualquier observador de la especie humana sabe que los hijos heredan razgos conductuales de sus padres, no como una determinación absoluta, sino como una tendencia claramente observable. La sociedad del futuro claramente será menos pacífica y menos ordenada, pero creo que será mejor. Es infinitamente mejor un rebelde que esta abierto a la vida que un ciudadano que por obediencia y respeto a la ley, la autoridad y la cultura dominante, elige matar a sus propios hijos o negarles la posibilidad de, incluso, llegar a existir.
