
La palabra «filología» proviene del griego φιλολογία (philo-logía), compuesta por φίλος (phílos), «amigo», «amante» o «aficionado a», y λόγος (lógos), término de extraordinaria riqueza semántica que puede significar «palabra», «discurso», «razón», «tratado» o «estructura racional». En su sentido originario, por tanto, la filología es el «amor por la palabra» o la inclinación culta hacia los textos y discursos. Aunque la voz existía ya en el mundo griego clásico y helenístico, no designaba todavía una ciencia especializada en el sentido moderno, sino más bien una disposición erudita vinculada al estudio de las letras. Será especialmente en el ambiente alejandrino y, muchos siglos después, en la filología histórica de los siglos XVIII y XIX, cuando el término se tecnifique hasta significar la disciplina encargada de la crítica textual, la comparación de manuscritos, la reconstrucción lingüística y el análisis histórico de las tradiciones literarias.
Distinta, aunque íntimamente relacionada con ella, es la «etimología», voz derivada del griego ἐτυμολογία (etymo-logía), formada por ἔτυμος (étymos), «verdadero» o «auténtico», y nuevamente λόγος (lógos): literalmente, el «estudio del sentido verdadero de las palabras». Mientras la filología estudia textos, lenguas y tradiciones en su totalidad histórica y cultural, la etimología se concentra específicamente en la genealogía de los vocablos, sus transformaciones fonéticas y semánticas y la reconstrucción de sus raíces. Así, toda etimología presupone cierto trabajo filológico, pero la filología excede ampliamente la mera etimología, pues no se limita al origen de las palabras, sino que aborda la transmisión, corrupción, interpretación y sedimentación histórica de los discursos mismos.
No deja de ser significativo que «filología» y «filosofía» compartan el mismo prefijo griego φιλο- (philo-), que expresa amor, amistad o inclinación apasionada hacia algo. La φιλοσοφία (philosophía) es el «amor por la sabiduría» —σοφία (sophía)—, mientras que la φιλολογία es el «amor por el logos», es decir, por la palabra, el discurso y la racionalidad expresada lingüísticamente. En cierto sentido, ambas disciplinas nacen de una misma actitud helena: la convicción de que el hombre se constituye en el trato racional con el lenguaje y con la verdad. El filósofo busca la sabiduría mediante el ejercicio del logos; el filólogo custodia, reconstruye e interpreta históricamente ese logos sedimentado en los textos. Por ello, desde la Antigüedad hasta hoy, la frontera entre filología y filosofía ha sido muchas veces porosa: la una vigila las palabras con las que pensamos; la otra interroga las verdades que esas palabras pretenden expresar.
