¡No Temais!

La columna de Alonso Martínez sobre Osvaldo Lira y el tradicionalismo levanta preguntas legítimas, pero concluye en una trampa peligrosa: reducir al tradicionalismo a un movimiento de reflujo, confinado al claustro político. En efecto, Lira apoyó a Franco y a Pinochet por prudencia histórica, no porque el nacionalismo o los Chicago Boys fueran de los nuestros. Pero de ahí no se sigue que el tradicionalismo deba retraerse. Lo contrario es verdad: el tradicionalismo debe ser vanguardia activa, presente en todas las trincheras, sin fusionarse con ninguna, pero infiltrandolas todas, llevando la Verdad Católica a cada espacio de la vida política.

El mayor error que pueden cometer los tradicionalistas es aislarse en una burbuja de pureza. La profilaxis doctrinal es el veneno que paraliza a los movimientos. La historia lo demuestra: cuando los tradicionalistas se encierran, pierden influencia y dejan el campo libre a la modernidad y su perfidia. No se trata de sincretismo, sino de presencia estratégica. El tradicionalista debe estar en la izquierda y en la derecha, idealmente en todos los partidos, no como afiliado acrítico, sino como opción disidente que lleva el mensaje del orden natural donde nadie más puede hacerlo.

La verdad católica no tiene miedo del debate, al contrario, se fortalece en él. Siguiendo el ejemplo de los padres apologetas que debatieron con los herejes, los tradicionalistas debemos exponernos al diálogo no solo al interior de nuestras propias organizaciones, sino en todas las demás: en los partidos conservadores, nacionalistas, e incluso socialistas. Allí donde haya un espacio de decisión política, debe haber un tradicionalista que cuestione, que proponga, que presente una opción diferente. Esto no es traición a la doctrina, es cumplimiento de la misión: constituir una verdadera vanguardia de reconciliación cristiana mientras se mantiene lucha frontal contra la modernidad disolvente.

Martínez afirma que es ridículo aplicar corporativismo católico hoy, porque el problema ya no es la economía, sino la destrucción de la familia. Esto es un falso dilema. Lo verdaderamente relevante no es resucitar fórmulas corporativas del siglo XX, sino profundizar y expandir el criterio subsidiario a todos los aspectos de la vida humana. El principio subsidiario exige que cada ser humano sea responsable de aquello (y solo aquello) que se encuentra a su alcance. Sólo así los cuerpos sociales pueden estar vivos y en armonía, mediante la justa libertad que necesitan para la mejora sistemática de las condiciones humanas desde abajo hacia arriba. La familia, la parroquia, la escuela, el sindicato, la municipalidad: todos deben ser sujetos activos de responsabilidad, no meros receptores de decisiones centralizadas.

Tiene razón Martínez en que un gobierno liberal y católico es un gobierno anticatólico. El liberalismo es incompatible con la tradición, el orden natural y la fe; pero de ahí no se sigue que el tradicionalista deba ausentarse de los espacios dominados por el liberalismo (como las facultades de economía o los partidos de derecha). Al contrario: debe estar allí para desmontar la contradicción desde dentro, para sembrar orden en medio del caos. No se trata de aprobar al liberalismo, sino de convertir a los liberales, de “contaminar” todos los espacios con el orden natural, de colaborar con el divino trabajo de reestaurar todas las cosas en Cristo.

La Hermandad Reino de Chile, organización de la que Alonso y yo participamos, ha emitido un documento redactado por mí, un manual de lucha territorial que ha dado grandes frutos. Cientos de personas, hermanos o no, están alcanzando posiciones de relevancia local en sus ámbitos. Este trabajo de nuestra organización demuestra que podemos sembrar en otros campos las semillas de la tradición. Esto nos pone en una situación de responsabilidad frente al resto de la humanidad, debemos arrojar las semillas de la fe, de la tradición y del orden natural en todos los campos posibles, sabiendo que no todas germinarán.

A los tradicionalistas los llamo a copar todos los espacios: los conservadores, los nacionalistas, y hasta los socialistas. No con espíritu de dominio, sino con valentía y ánimo evangélico para convertir todo a Cristo. No temamos a contaminarnos, temamos a no contaminar, ser la sal del mundo, a no participar activamente en la transformación de todos los espacios. El tradicionalismo no debe ser una secta, debe ser una vanguardia, un futuro anclado en la historia. No debemos pedir permiso para estar donde la Verdad es más necesaria. Que cada tradicionalista sea un agente de orden natural en su partido, su barrio, su universidad, su gremio.

Rechacemos los llamados a encerrarnos, a escondernos, a recluirnos, aunque estos vengan envueltos en la retórica de la pureza. Abracemos todos los desafíos y todas las instancias, porque todas ellas son una oportunidad de llevar nuestro mensaje a cara rincón de la humanidad.

Ave Christus Rex

Sebastián Izquierdo.


Contamos con tu aporte para continuar este trabajo no financiado por la élite globalista.

Donar

Related Posts