La incomprensibilidad del Venezolano.

Columna de don Cristián Mancilla.

El 4 de enero, los periodistas entrevistaron a más de un venezolano en las calles de Santiago de Chile. Sé esto porque mi padre estaba mirando el televisor ese día por la mañana mientras yo me preparaba para salir a la Santa Misa. En un momento, una entrevistada afirmó lo siguiente: «yo he sufrido xenofobia directamente. Xenofobia fuerte. Y [es] que no ha sido nada fácil lo que yo viví, porque yo vivía en otro sitio y me tuve que mudar por una celebración del 18 de octubre y [a] un vecino no le gustó lo que hicimos, o sea, que estábamos celebrando y sufrimos un ataque xenofóbico fuerte».

Doña Marlin Molina, la entrevistada, señaló que fue víctima de xenofobia cuando estaba celebrando el 18 de octubre. Celebrando el 18 de octubre… Hay una diferencia, ciertamente, entre hacer bochinche cualquier día de la semana y celebrar el 18 de octubre. Aquello resulta molesto, en efecto, pero esto llega a ser ofensivo. Quizá doña Marlin no entiende lo que significa el 18 de octubre. Y, si lo entiende, entonces no puedo imaginar defensa a su favor. En la conversación que sostuvo con Matías Jeanneret, ella señala que llegó hace cinco años a Chile, de manera que está acá desde 2020—asumo que contó desde 2025. Si no fue testigo de los deplorables eventos del Levantamiento Terrorista, ¿quién le dijo que había que celebrar el 18 de octubre? Por una parte, la podemos exculpar de que conozca lo que ocurrió, puesto que ella no había llegado; pero esta explicación abre inmediatamente la pregunta acerca de por qué va a celebrar un evento del cual no está enterada. Misterioso, ¿no? No quiero implicar que lo haya hecho de mala fe, pero sí quiero enfatizar que está mal que lo haya hecho: no es excusable.

Este es sencillamente otro de tantos ejemplos sobre por qué hay disgusto entre venezolanos y chilenos. No nos entendemos. Lo hacemos en buena medida, sin duda, pero hay aspectos que caen en un abismo. Doña Marlin está convencida de que ella fue víctima de xenofobia y yo tengo la certeza de que ella hizo una insensatez. Esto no se soluciona con la mera diferencia de perspectiva, puesto que tal explicación no suele resolver nada sino, más bien, ocultar las verdaderas causas de los hechos. Y yo he podido dar cuenta tanto de por qué Marlin no fue víctima de xenofobia cuanto de por qué no es aceptable celebrar el 18 de octubre. Más aún, sostengo que esta última afirmación es incontrovertible.

Vamos un momento sobre las expresiones ofensivas. Si un chileno va a insultar a otra persona, utilizará cualquier característica neutra —hueón— y la acompañará de un improperio—tal por cuál. Si puede darle una forma despectiva —viejo— a la característica neutra, tanto mejor. Esta es una estructura básica del insulto, no una rebuscada táctica de discriminación. Entonces, si hay un caribeño que hace algo indebido, lo menos que puede esperar es que le dirijan la palabra con uve seguida de un improperio: no es xenofobia, sino la estructura básica del insulto. Si Vd. pretende que esto sea censurado, entonces, se está oponiendo al uso de cualquier insulto, puesto que este es un asunto sintáctico.

Indaguemos un poco, además, sobre el aspecto propiamente xenofóbico. La repulsión hacia el extraño puede surgir como una reacción natural al ver a alguien que parece caer en el Valle Misterioso: me ocurrió a los nueve años cuando vi por primera vez a un hombre negro, que era un sacerdote africano. Pero esta experiencia también ocurre de manera más elaborada cuando observamos un comportamiento inapropiado en el foráneo: como cuando se formó un círculo en torno a un par de jóvenes turistas franceses quer iban en el mismo vagón de Metro que yo. ¿Es apropiado referirse a todas estas reacciones como xenofobia? ¿O quizá resulta que la xenofobia no es censurable en todos los casos? Como en muchas situaciones, siento que hay aquí un abuso del concepto con un fin argumental pero falaz: se está transgrediendo el principio de la relevancia para distraer la atención del oyente y hacerlo simpatizar con el hablante a causa de una razón que no guarda relación con el asunto discutido. Siempre llegamos a lo mismo, ¿no?

Aparte de lo anterior, a mí me interesa también lo gramatical. Siempre se dice que los chilenos hablamos mal en comparación con los extranjeros. Hay quienes afirman que no pronunciamos todos los sonidos, por ejemplo. Pero esto no es nada en comparación con la cacosintaxis que exhiben los hablantes de otras latitudes. No por nada tuve que reponer un par de palabras en las declaraciones de Marlin: sin ellas, se derrumba la estructura sintáctica. Admito que estas ocurrencias reflejan un cambio en el uso de la lengua, pero también advierto que el dialecto de ella se está volviendo distinto del castellano como lo conocemos. Me preocupa, sobre todo, que haya omitido la preposición a, porque el complemento que ella tuvo la intención de construir no llega a existir sin la preposición. Creo recordar que he escuchado a hablantes chilenos incurrir en el mismo error, pero esto no lo hace menos notable.

Quiero destacar, no obstante, que doña Marlin se encontraba en la calle para limpiar un poco el basural que habían dejado sus compatriotas con la celebración del día anterior. Resulta encomiable, ciertamente: sobre todo porque no se apreciaba que hubiese otros venezolanos limpiando y porque Marlin relató que ella había convocado a otros connacionales y no llegaron. De cualquier modo, me pregunto si acaso los que estuvieron celebrando el día 3 de enero entienden lo que estaban vitoreando, porque la oscuridad del pensamiento caribeño me deja en la duda. Quizá Richard Sandoval tenía razón cuando señaló (con una gramática enredada) que tenemos una seria dificultad para entender el carácter caribeño de la situación venezolana. Yo, al menos, me siento bastante perdido al respecto.

Volviendo sobre el ataque xenófobo que sufrió Marlin, llama la atención que ella haya tenido que mudarse a causa de esto. Por lo visto, no fue un mero intercambio de palabras. Pero no me queda claro que ella haya entendido la gravedad de lo que hizo: celebrar el 18 de octubre es algo sumamente serio. De acuerdo con lo que dice, ella entiende que fue atacada en virtud de que celebró el Levantamiento Terrorista, pero no ha llegado a comprender que está mal celebrar este evento. Y esto a mí me parece increíble: hasta exasperante. ¿Cómo no va a entender? ¿Cómo no es capaz de hacer la conexión? Si la agresividad llegó al punto de que ella decidió cambiar de vivienda, la situación debería ser lo suficientemente traumática como para que haya reflexionado acerca de lo que hizo. El mundo está lleno de debería, lamentablemente.

El nombre Marlin parece una feliz excepción en la colección de rarezas que acumulan los venezolanos, aun cuando se trata de otro ejemplo de su creatividad onomástica. ¿Por qué tenemos que tolerar todo esto, no obstante?

Yo no entiendo. No entiendo y no tengo ánimo de indagar.

Ave María Purísima


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