La Batalla contra los Mercados Navideños

Columna de Cristian Mancilla

La prensa les dice mercados navideños a las ferias navideñas de Europa. Estos espacios se han vuelto un blanco favorito para los Mahoma —resulta notable cómo el hecho de que todos se llamen igual le ha quitado significado al nombre—, quienes han convertido sus ataques en parte de la tradición del Adviento. Esta vez han mostrado una focalización especial sobre los árboles de Navidad.

El sentido de estos ataques es intimidar a la Cristiandad y mostrar la superioridad del Islam. Históricamente, la guerra del Islam contra la Cristiandad ha consistido en una serie de ataques físicos (conquista de territorio) y morales (secuestros masivos e impuestos humillantes) de aquel contra esta. Los ataques han sido confrontados heroicamente pero en pocas oportunidades. Esta costumbre no ha cambiado a lo largo del tiempo. Y resulta necesario recordar aquí que la lucha no es meramente material, sino también espiritual: no podemos derrotar —me atrevo a decir que ni siquiera confrontar— al enemigo si no nos oponemos, en primer lugar, al pecado en nuestra propia vida. Hace falta, por ende, enmendar nuestra conducta y acercarnos al confesionario para que demos el primer paso en la defensa contra quienes nos hacen la guerra. Esta misma observación nos lleva a la dolorosa pero inevitable observación de que quienes no profesan la fe católica no son aliados, sino colaboradores —aun cuando involuntarios— del enemigo. Espero explicar con claridad y persuasión esta afirmación en esta nota.

El núcleo de la Cristiandad es el Santísimo Sacramento. ¿Por qué, pues? Porque el Santísimo Sacramento es Dios en persona. La hostia y el vino consagrados son Jesucristo en carne y hueso: se trata de Él como tal—no de manera representativa ni simbólica, sino enteramente literal. Y tenemos que confesar esta verdad para llamarnos cristianos. Cualquiera que ponga en duda o niegue esta afirmación fundamental es, en efecto, un enemigo de Cristo y un aliado del demonio. Podemos distinguir grados, en efecto: tal como los hay en los mandamientos y en los pecados; pero la sentencia se mantiene firme. Resulta importante entender esto para planificar una estrategia contra el avance mahometano, por cuanto ningún esquema resultará suficiente si no ha surgido desde la fe. Tal como ocurre en la batalla contra la tentación, el hombre carece de la capacidad para resistir el mal y solamente la ayuda divina puede evitar que caiga. Contamos con herramientas naturales, pero el remedio definitivo es sobrenatural: mientras no recurramos a Él, terminaremos fracasando incluso cuando parezca que hemos obtenido alguna victoria.

Una respuesta habitual de los occidentales no cristianos es que la invasión mahometana es la reacción natural a la invasión de las potencias europeas de los reinos desde donde provienen los inmigrantes ilegales. Esta situación, me parece, puede tener algo de cierto: la expansión depredadora de las potencias protestantes ha atraído a los más rapaces de los reinos que explotaron hace no tanto tiempo. Pero no se puede negar que los vecinos de las potencias depredadoras también son víctimas de la invasión, de manera que la interpretración revanchista no se explica por sí ni agota el asunto.

Otra respuesta es que los invasores son inmigrantes económicos y deben ser remigrados (un eufemismo moderno de deportados) sin miramientos. Suena justo, pero no resuelve el problema: ellos seguirán teniendo la intención de inmigrar, por una parte, y seguirán creyendo que el Islam es superior a la Cristiandad, por otra. Este es el punto más delicado. Si los Mahoma mantienen esta idea, no tardarán en concluir que la conversión forzosa de los ateos occidentales (pues los cristianos somos minoría en nuestra propia tierra) debe estar mediada por una invasión armada después de que la invasión camuflada haya fracasado.

La reacción progresista es la más peligrosa, sin duda, y la más explícitamente anticristiana: ella niega que la inmigración de mahometanos sea un problema, niega que los ataques hayan ocurrido y sostiene que los invasores deben ser mantenidos en hoteles de lujo pagados por los contribuyentes europeos. El progresismo ve un peligro en la invasión también, pero uno distinto del descrito arriba: temen que los crímenes y el terrorismo musulmán sirvan para fortalecer la extrema derecha. La muchedumbre progresista prefiere, en efecto, la completa extinción del hombre occidental antes de que el fascismo llegue a existir. Luce como un temor metafísico, en mi opinión. Esta corriente de opinión, por tanto, pretende facilitar la invasión mahometana y la consecuente destrucción de Europa.

Volvamos sobre la historia un momento. Las respuestas efectivas más notables contra el continuo ataque mahometano han sido la Reconquista, las Santas Cruzadas, el príncipe Vlad III de Valaquia, la Batalla de Lepanto y la Batalla de Kahlenberg. Las traigo a cuento aquí para destacar que todas ellas han provenido desde la fe católica. El argumento histórico no tiene la misma fuerza que el espiritual, pero no por eso voy a desecharlo: los descargos más relevantes contra la acción musulmana se han originado en la Santa Madre Iglesia, de manera que resulta natural que, en el futuro, provengan nuevamente desde ella. Pero, como he dicho, no se trata de un asunto meramente historicista.

La respuesta definitiva contra la ofensiva de los Mahoma tiene que ser católica porque el objetivo de ellos se encuentra en la Iglesia. Ellos luchan, en efecto, contra el reconocimiento de Nuestro Señor Jesucristo como Hijo de Dios. Ellos luchan contra la adoración de Jesucristo. ¿Dónde, pues, ocurre física y visiblemente esta adoración si no en la Iglesia Católica, en la cual podemos ver y tocar al Señor? No nos arrodillamos para simbolizar nada, sino porque Él está ahí presente. Puede haber otras reacciones contra la invasión, pero ninguna otra será suficiente. Puede haber una remigración, pero no será una solución definitiva. Resulta inconveniente, por no decir atrevido, que confiemos en nuestras propias ideas para derrotar al enemigo. Y resulta preocupante que el mahometano sea visto como enemigo del cuerpo pero no como enemigo del alma. España, como de costumbre, ha marcado una diferencia en este sentido al clamor de «España cristiana y no musulmana». Tenemos que recurrir al Señor, tenemos que ir ante Él y rogarle de rodillas que nos auxilie: tanto en la batalla interior cuanto en la guerra exterior. Y no podremos hacer esto si no nos presentamos frente al Santísimo Sacramento, que es el Señor en persona.

Por esto es necesaria la conversión de todos los que no reconocen al Señor en el Santísimo Sacramento pero tienen la intención de resistir al invasor mahometano: porque la resistencia no será efectiva si no nos unimos a Aquel a Quien ellos pretenden destruir. Es necesaria la conversión del protestante y del católico a mi manera, del agnóstico y del ateo, del objetivista y del liberal. No apelo a la conversión del progresista ni del satanista porque, como enseña el santo, «para el que quiere creer, ningún argumento es necesario; para el que no quiere creer, ningún argumento es suficiente». Pero esto que no puede lograr la razón sí podrá conseguirlo el Dios Omnipotente y necesitamos muchas voces y almas inclinadas ante Él para que ocurra. Y, así, finalmente, con el respaldo del Señor, podremos convertir incluso a los infieles Mahoma para que confiesen con nosotros que Jesucristo es el único Señor, Hijo Unigénito de Dios y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por Quien fueron hechas todas las cosas.

Ave María Purísima


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